Un don

No dejé de sorprenderme cuando comprendí que tenía dos avatares, dos modos de juego, el día y la noche en mi persona. Gracias, le dije, por observación tal. Buscando consenso en mi interior sobre cuál sería el más acertado en cada momento, aquella cajita de música empezó la increible función, abriendo paso a un ejército de narices de payaso que en su lento caminar no dejaban de sembrar sonrisas a su alrededor, en este inmenso mundo del tú-yo repentino y constante. Abrí los ojos y aquellas partículas musicales aun seguían decorando el salón, tu mirada de cine ya no estaba pero sí tu estilo, tu fragancia…

“Que esos dorados saxofones nunca dejen de brillar…”

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